A mis antiguos compañeros.

Mi situación profesional hoy es muy diferente a la que me encontraba hace unos años, ésto le ha sucedido a muchos españoles, aunque en mi caso siempre he tenido claro que este cambio no se desencadenó por la situación económica actual del país, sino más bien, por la decisión del órgano de dirección de una empresa, que sin haber sido víctima directa de la crisis, se aprovechó de ella para hacer una reestructuración global de su organigrama.

Pero en definitiva, de una forma u otra, estas circunstancias han cambiado el orden de vida de muchas personas: los despedidos, porque desorientados nos encontrábamos ante un abismo a nuestros pies, y los que se quedaron, porque pasaron a asumir sus funciones y además las de los despedidos, así, de la noche a la mañana, aumentando su volumen de trabajo y acatándolo sin rechistar ante el temor de ser el siguiente. La estrategia perfecta por parte de muchas empresas, de una frialdad calculada casi maquiavelica para reducir costes en una plantilla que en años precedentes se habia ido aumentando progresivamente por pura necesidad.
El resultado de todo esto ya sabemos que ha sido la destrucción masiva de empleo, y en este tipo de empresas de servicios, aquellos puestos intermedios que antes eran fundamentales, de repente pasaron a ser innecesarios. Ésto ha supuesto, que un buen número de personas, como en mi caso con una edad más cercana a los cuarenta que a los treinta, nos encontrásemos de un día para otro de patitas en la calle, firmando un despido improcedente de correctísima confección, para callar bocas a golpe de indemnización.
Y ahora ¿qué?…Esta pregunta rondó por mi cabeza durante unos cuantos días, semanas… Cuando dejé de lamentarme con un lastimero “¿cómo pudo sucederme a mí?” que diría Sabina en su canción, empecé a analizar mi nueva situación y el por qué de los motivos de cómo habia llegado a ella. Y la conclusión fué que habíamos sido víctimas de un error, un error que nosotros mismos habíamos cometido, yo lo llamo “el error de la eficacia”.

Habíamos trabajado para una empresa ajena a nosotros, con el espíritu del que trabaja en una empresa familiar, aunque no me culpo demasiado por ello puesto que en sus inicios había sido así. No habíamos dudado en emplear más tiempo del que nuestra jornada nos obligaba, para sacar adelante el trabajo día tras día, quisimos conseguir y conseguimos un engranaje perfecto del equipo en el que trabajabamos juntos, y habíamos diseñado un sistema automatizado de las funciones para mejorar los sistemas de control de nuestro desempeño. En definitiva, lo único que conseguimos, al menos en mi caso, fue firmar nuestra sentencia.
Todo eso unido a unas circunstancias personales que no interesaban a la empresa, que supuso -erróneamente o no- una disminución de mi rendimiento si me convertía en madre en breve, hicieron el resto. Ya comenté en el post anterior la inoportuna pregunta de la responsable de recursos humanos sobre mi interés en tener hijos tras mi boda.

Ahora, me sigo preguntando si mereció la pena, y la respuesta es que sí, no desde luego por la empresa a la que pertenecí, sino por las personas que dejé atrás y y que aún ahora siguen formando parte de mi vida aunque no compartamos mesa y ordenador.
La enseñanza que me llevé, es que esa energía empleada en una empresa que antepone el caudal financiero al humano, es mejor emplearla en uno mismo. Si he de equivocarme de nuevo, que sea en un proyecto mío y no de otro, y en eso andamos… A veces me viene a la cabeza el pensamiento de si no seremos marionetas de una conspiración orquestada entre el Estado y las grandes empresas para establecer una transformación del mercado laboral… Seguro que sí, no me cabe la menor duda, pero sea como sea, las decisiones, errores y aciertos, serán ahora mías y sólo mías.

 

Las imágenes de este artículo han sido creadas por Carmen Barón gracias a la herramienta Canva.
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